Emilio de Villota: “María era una mujer de sonrisa permanente, cercana, soñadora y muy entregada”

Entre recuerdos, anécdotas y reflexiones profundas, Emilio repasa la rivalidad y unión que marcó la relación entre sus hijos, la dureza del camino hacia la élite del motor y la huella que María dejó como deportista y como mujer referente dentro y fuera de la competición.

Pregunta: Para empezar, nos gustaría que nos hablara del Legado María de Villota.

Respuesta: El Legado de María no es una fundación ni una sociedad. No tiene cuenta corriente. Lo que hacemos es canalizar ayudas directamente a los programas que ella impulsó. El principal es el Programa Primera Estrella, creado en 2012, dirigido a niños con enfermedades neuromusculares degenerativas, parecidas a un ELA infantil. Para que os hagáis una idea, solo este último año se han financiado 5.552 tratamientos.

Además, apoyamos otras iniciativas: un comedor social en el Puente de Vallecas, justo frente a la parroquia donde reposan los restos de María, y siete Hogares María de Villota, casas de acogida para familias en situaciones muy complicadas. También colaboramos con repartos de alimentos y con centros como la casa de acogida del Cottolengo del Padre Alegre, donde viven personas mayores y discapacitadas sin recursos.

Pregunta: ¿Cómo se financian todas estas ayudas?

R: Gracias a varias marcas y patrocinadores que acompañaron a María durante su vida deportiva. Tras su fallecimiento, muchas decidieron seguir apoyando sus proyectos y darles continuidad.

Pregunta: Nosotros pensábamos que la mayor parte de las iniciativas estarían ligadas al automovilismo, pero muchas no lo están. ¿Eso también representa la esencia de María?

R: Totalmente. María dedicó gran parte de su vida al automovilismo. Estuvo en la escuela de pilotos desde niña y llegó a la Fórmula 1 en 2012. Pero en su libro “La vida es un regalo” explica cómo, tras el accidente, su vida se paró en seco. Estuvo clínicamente fallecida en pista y, al volver, comprendió que había mucho más allá del cronómetro. Además, perdió a un sobrino por una de estas enfermedades. Todo eso la llevó a volcarse en ayudar a estos niños.

Por eso, quienes seguimos su legado hemos querido ampliar ese espíritu más allá del motor. Organizamos carreras populares, una milla solidaria, un trofeo de golf, otro de tenis… lo que haga falta para recaudar fondos. Y también han surgido iniciativas externas muy bonitas: por ejemplo, el Festival de Velocidad de Barcelona adoptó el nombre “Legado María de Villota”. En su primera edición se exhibieron coches que ella pilotó, hubo una exposición y una cena benéfica en la recta del circuito. 

Pregunta: ¿Y cuál es su papel dentro del Legado?

R: Cuando María falleció pensamos que nos dejaba unos deberes. Yo decidí cerrar la escuela de pilotos en 2013 y vender los equipos de competición. Después de tantos años dedicados al automovilismo, entendimos que había llegado el momento de seguir las coordenadas que María nos marcó: ayudar a quien lo necesita y mirar más allá de lo que siempre habíamos vivido.

Pregunta: ¿Cómo explicáis a los niños quién fue María? Muchos quizá no la conocen.

R: Les hablamos de ella como alguien que dedicó su vida a los demás. María era una mujer de sonrisa permanente, cercana, soñadora y muy entregada. Estaba siempre al lado de los niños, tanto en la escuela de karting como en cualquier proyecto. Deportivamente subió todos los escalones: karting, turismos, monoplazas, GT, Daytona… hasta que llegó la oportunidad del test con Lotus y su fichaje por Marussia en Fórmula 1.

Pregunta: ¿Cómo reaccionó cuando vio que su hija quería dedicarse al mundo del motor? En aquella época aún era raro ver mujeres compitiendo.

R: Fue algo muy natural. María tuvo la suerte de tener un hermano de su misma edad, también llamado Emilio, y desde pequeños competían en todo. Ella decía: “Si Emilio quiere, yo también quiero, y le voy a ganar”. Para nosotros era impensable frenar a uno o al otro. Era bonito ver que a María también le apasionaba.

Ahora bien, aunque me encantaba verlos disfrutar, no quería que ninguno siguiera profesionalmente. Por las dificultades económicas, por el riesgo, hice todo lo posible para evitarlo. Con mi hija mayor, Isabel, lo conseguí. Con María y Emilio fue imposible. Vivían rodeados de carreras, de la escuela de pilotos, de mecánicos, de alumnos… ese ambiente los atrapó. Emilio se fue a Inglaterra a estudiar Ingeniería de Automoción, pero volvía los domingos a correr. María estaba todos los días en el circuito.

Cuando llegó el momento de hablar en serio, le dije a María: “Tienes un talento extraordinario, pero no necesitas el automovilismo para llegar donde quieras. Si sigues este camino, además de todas las dificultades deportivas, tendrás un reto financiero prácticamente imposible. Yo no puedo financiar la carrera de los dos”. Ella me escuchó y aun así decidió ir a por todas. María siempre fue así.

Emilio también llegó muy lejos: hizo podios en Fórmula 3000, la antesala de la Fórmula 1. Pero económicamente no pudo dar el último salto. María, en cambio, lo logró.

Pregunta: Nosotros somos muy jóvenes y no tenemos ese sentimiento de padre. ¿Qué significaba para usted verla conseguir tantos hitos?

R: Cada temporada, al terminar, creía que era la última. Cuando acababa un año, estábamos encantados, pero sabíamos que el siguiente exigía el doble de presupuesto, el doble de compromiso y más riesgo. De verdad pensábamos: “Hasta aquí hemos llegado”. Pero por una razón u otra, María y Emilio conseguían superar ese muro y seguir subiendo.

Yo estaba feliz por ellos, pero preocupado. Sabía mejor que nadie lo difícil que era llegar arriba. En el caso de María, alcanzar un acuerdo con un equipo de Fórmula 1 fue emocionante. Y superar el test de Paul Ricard con Lotus-Renault, aquello fue impresionante. Muchos pensaban que duraría dos vueltas. María hizo 300 kilómetros con tiempos extraordinarios. Cuando tus hijos cumplen un sueño así, la alegría es enorme, aunque vaya acompañada de preocupación.

Pregunta: Antes hablábamos del espíritu competitivo entre María y su hermano. ¿Cree que eso les ayudó a superar cada barrera?

R: Clarísimo. María consiguió su sueño gracias a Emilio, y Emilio gracias a ella. Su mayor rival estaba en casa. Como en cualquier equipo: tu rival es tu compañero. Eso les impulsó muchísimo.

Y al mismo tiempo eran inseparables. El ejemplo más claro: cuando Emilio recibió el boletín para la selección de Fórmula Toyota, trajo otro para María. Se presentaron juntos entre miles de chavales. Avanzaron hasta el final; Emilio cayó en la última criba y María fue seleccionada. Esa mezcla de rivalidad y apoyo mutuo fue decisiva.

Recuerdo también cuando les dije, con 13 y 11 años, que si de verdad querían ser deportistas, saldríamos a correr a las siete de la mañana antes del colegio. Iban enfurruñados, pero entendieron que esto no va de ponerse el casco: hay que prepararse físicamente. 

Pregunta: Con el tiempo hemos sido más conscientes del impacto de María, incluso en pilotos como Carlos Sainz, que la recuerda siempre. ¿Cómo ve su legado hoy?

R: María nos dejó una herencia enorme. No solo como piloto, donde nunca dijo “no puedo”, sino como mujer. A veces no tenía presupuesto para una categoría, así que se iba a otra. Lo intentó todo. Esa es la lección: no renunciar.

Ha trascendido el automovilismo. Tras su accidente, su segunda vida nos dejó un mensaje mucho más profundo que el de una deportista de élite. Nos enseñó a mirar realidades que normalmente pasan desapercibidas.

Pregunta: Y para terminar, ¿qué pensaría ella de categorías como la F1 Academy?

R: Le parecería bien como vía de acceso, pero ella siempre fue de competir tú a tú con los hombres. No quería ser “la mejor mujer”, quería llegar a la Fórmula 1. Sin embargo, habría valorado cualquier iniciativa que ayude a más chicas a cumplir su sueño. Su reto siempre fue ir a por todo lo que pudiera.

Imagen: CHANCE/RICARDO GARCIA