Hace unos días circulaba una noticia que pone el foco sobre un mal menos visible que un simple volantazo, pero generalmente igual de mortal: las mujeres tienen un 17% más de probabilidad de morir en un accidente de coche que los hombres, y entre un 72 y 73% más de probabilidad de resultar gravemente lesionadas.
La explicación que se señala no es una mala maestría al volante, si no que es un fallo histórico de diseño. Muchas de las medidas de seguridad en la conducción desde los años 70, han sido concebidas alrededor de un “cuerpo tipo hombre promedio”, es decir con maniquíes con una complexión masculina. Si esto ocurre en el coche de vida diaria, ¿qué implicaciones tiene para las mujeres que participan en el mundo del motorsport, un entorno donde la seguridad es ya de por sí crítica?
Antes de centrarnos en la pista, conviene desglosar la estadística: que las mujeres estén más expuestas a lesiones no significa que conduzcan peor. Numerosos estudios han documentado que los modelos de prueba de choque (crash test dummies) se diseñaron en función de prototipos masculinos, y que cuando se han usado versiones para mujeres, o simplemente versiones más pequeñas, estos han sido escalados sin tener en cuenta diferencias anatómicas, biomecánicas, de densidad ósea o de comportamiento del cuerpo frente al impacto según la Universidad de Boston.
Por ejemplo, un estudio del National Highway Traffic Safety Administration (NHTSA) determinó que una copiloto femenina, con cinturón de seguridad puesto, tiene un 17% más de probabilidad de morir que un ocupante masculino en condiciones equivalentes. Otro informe de la Universidad de Virginia estimó que en choques frontales las mujeres tienen un riesgo de lesión 73% superior al de los hombres.
En 2022, por fin, se introdujo una dummy (maniqui) femenina que realmente es representativa – la THOR 5F, de 162cm y 62kg – diseñada para reflejar el cuerpo medio de una mujer. Sin embargo, su adopción en los protocolos oficiales de seguridad avanza lentamente. El cambio, aunque histórico, sigue topándose con una industria que lleva más de seis décadas calibrando la seguridad sobre un único molde: el masculino.
En las pistas, donde los cuerpos se someten a fuerzas G extremas y el margen entre la vida y la muerte se mide en milímetros, las mujeres compiten en estructuras diseñadas, otra vez, para hombres. Cockpits, cinturones, cascos, asientos o sistemas de sujeción calibrados para proporciones distintas. La seguridad no es neutral, y cuando el estándar no te incluye, partes en desventaja antes de arrancar.
El automovilismo lleva años intentando corregir su déficit de género en la visibilidad, el patrocinio o el acceso a las categorías principales. Pero el sesgo no está solo en lols boxes: está también en los algoritmos de diseño, en los criterios de homologación. No basta con abrir la parrilla de salida a más mujeres si el coche que las protege no fue pensado para ellas.
La igualdad en el motorsport, y fuera de él, también pasa por la ingeniería. Redefinir la seguridad desde una perspectiva diversa no es una cuestión de corrección política: es una cuestión de supervivencia. Porque la neutralidad es técnica, cuando se diseña sin mirar a todas las personas que conducen, deja de ser equitativo.

